Antes de Els Delai hay Barcelona. Allí, Domi formó el dúo Rufino y Don Domingo —él a la guitarra, como Don Domingo—, un proyecto del centro de la ciudad que funcionó muy bien y que acabó grabando un disco con Universal Vale Music Spain en 2008, en los estudios Musicland de Madrid, con sus videoclips. Cuando el dúo se disuelve, funda en el barrio la asociación Barrio Candela, y de ahí nace Sobretaula Candela: una formación joven, canalla y llena de energía, metida de lleno en la rumba clásica, con una maqueta propia, Candelator.
Y en esa Barcelona ocurre lo que de verdad marca el estilo. Estudiar a Peret. Descubrir a Ramonet, que invita al dúo a su programa en Ràdio Ciutat Vella, donde se hablaba de fútbol y de rumba catalana. Conocer al Chacho. Compartir con Antonio Peralta. No discos: personas. Coincidir con los padres de la rumba catalana en los barrios donde acabaron sus vidas y recibir de primera mano lo que transmitían como músicos y como personas. De ahí viene el purismo.
Y entonces, hacia 2011, Domi vuelve al Empordà. En Figueres se junta con Eudald —que entonces era su cuñado— y le va enseñando las bases de la rumba. Nace un dúo puro y duro: rumba catalana de la de verdad, la urbana, la que nace en Barcelona a finales de los cincuenta. Nada de aflamencar. Puristas.
El giro llega con un local de tapas en el mercado de Ceret, La Chunga, y con su propietario, François Parramon, un personaje amado y discutido con la misma intensidad, que se convierte en su mecenas. Los sábados de mercado, en aquella terraza, el dúo revienta. Venden discos, les conoce medio Vallespir y les salen conciertos por todas partes.
Y en ese punto mágico pasa lo mejor: una tarde se suben a tocar, improvisando, un trombón y una trompeta del Vallespir, David y Llorens Parayre. Nadie les pidió que se quedaran, pero se quedaron. La Feria de Ceret, tocando todos los días a todas horas, acaba de convertirse en el campo de entrenamiento de la banda.
Con el tiempo la trompeta deja paso a la tenora de Jordi Salvatella, y el sonido se vuelve todavía más catalán. Justo en el momento en que hacía falta: al norte de la frontera había hambre de música cantada en catalán, y lo que había sonaba afrancesado o sonaba a tradición seria, a sardana. Ellos llegan con un ritmo urbano y festivo de los sesenta, cantado en catalán, en plena efervescencia del proceso. Se convierten en pioneros, casi en icono.
Mientras tanto, la composición rompe el purismo. No por estrategia: al escribir canciones propias, las canciones piden ska, piden vientos, piden todo lo que uno lleva escuchado. El primer disco, Pas de por, lo graba Domi entero en su casa, en un home studio. De ahí sale El Burro Català, que al otro lado de la frontera se convierte en un tube, un pepinazo que todo el mundo pide, y detrás Les senyoretes. Para defender ese disco en directo entra el bajo: el dúo deja de ser dúo.
En 2017 llega Alchímia, ya fuera de casa, en estudios de verdad, con más instrumentación y con la tenora incorporada de pleno. Es el disco donde los aires de cobla entran de verdad en la grabación. Y para defenderlo en directo entra la batería. El crecimiento fue así, pieza a pieza, disco a disco.
De aquella época es Xisku de Ceret, firmada por Domi y David, dedicada a François Parramon, el mecenas de La Chunga. Una rumba con aire de ska que se convirtió en himno de fiesta. François acabó marchándose de Ceret —vive hoy en la Bretaña francesa—, y la banda sigue tocando su canción cada vez que vuelve al pueblo. La canción se quedó a vivir allí aunque él ya no esté.
Después vienen los frenos, y conviene contarlos. El primero, de fuera: hacia 2017 y 2018 el momento político se rompe y se divide, y ser un icono empieza a pesar. Un freno espiritual. El segundo, de dentro: Domi ya no vive en Barcelona, y la rumba catalana se alimenta de ciudad. Las canciones que le salen son más serias, menos festivas. Deja de componer y le pide a Eudald que tome el relevo. De ahí sale La Cabra Ska, con un videoclip divertidísimo, que funciona muy bien en directo. Después Politics, con menos recorrido. Y Pony, de Domi, demasiado electrónica, que nunca llegó a defenderse en el escenario.
Y hoy Els Delai es una banda de seis que solo toca en formato completo y en escenarios grandes: el cincuenta aniversario de La Bressola, Sant Joan en el Ayuntamiento de Perpiñán, el Coblíssim, el circuito de Ceret. Domi lo explica con una metáfora que le va como un guante: es un coche clásico. Un proyecto redondo, con muchísimo trabajo y muchísimas decisiones detrás, que mientras no llegue un empuje nuevo de energía creativa se cuida, se abrillanta y se le pasan las inspecciones. Se trata como lo que es: una joya propia.
Y algo que atraviesa toda la historia, de las letras a los videoclips: un punto surrealista, y la costumbre de hacer las cosas con cuatro herramientas cuando no había dinero, pero siempre con voluntad de calidad creativa.
